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El mes pasado estuve de visita dando una clase en el MIT y me llamó la atención que el salón tuviera un pizarrón con tiza y una videocasetera VHS. No era lo que esperaba de la mejor universidad tecnológica del mundo. No parecía más avanzado que cualquier salón de clase. Pero era más avanzado. La diferencia la hacían los docentes, todos y cada uno absolutamente brillantes.

No hay educación excelente sin docentes excelentes. El resto es secundario. Porque un docente brillante se adapta a lo que sea, incluyendo los recursos disponibles y las capacidades e intereses de sus alumnos.

En Uruguay hablar de la calidad del trabajo de cualquier persona equivale a un ataque; acá “naides es más que naides”. Por más que se usen argumentos sólidos y pruebas concretas, frente a la crítica cerramos filas. Nos ofendemos. Ponemos el grito en el cielo. Porque “naides es mejor que naides”. Pero es mentira, empezando por Luis Suárez.

Es fácil dar palo a los docentes. No son respetados por las autoridades ni por muchos padres y a veces ni por los alumnos. No están bien formados. Cobran muy poco. Tienen un trabajo difícil y mucha responsabilidad.

Pero dar palo es atacar. Criticar y proponer mejoras no es dar palo. Aunque a veces las críticas sean duras y las mejoras sean dolorosas.

Buena parte de quienes estudian formación docente en nuestro país ingresan a los 23 años, es decir, luego de haber probado –y fallado– en una o más carreras. Estos datos son de un informe de Cifra del 2012, que los califica como “estudiantes fracasados”. En otras palabras, gran parte de quienes educarán a nuestros hijos y nietos eligieron su carrera por descarte.

Es esencial cambiar esto de raíz. Una forma es pagar mejores sueldos. Esto creará un círculo virtuoso, atrayendo a mejores estudiantes, que serán mejores docentes y eso mejorará la percepción que tiene la sociedad de ellos, incentivando a que más y mejores estudiantes sigan la carrera de formación docente. Pero mejorar sueldos no es suficiente.

Además, necesitamos dejar atrás nuestra educación pensada para el siglo XIX. Como describí en columnas anteriores, las necesidades de este siglo son radicalmente distintas. Por eso los docentes necesitan libertad para innovar. Esto hoy no se hace por una simple razón que nadie en la administración admitirá públicamente: nuestras autoridades no confían en nuestros docentes. No lo hacen porque saben que están mal capacitados.

Los mejores sistemas educativos del mundo confían en sus docentes. Los dejan improvisar, experimentar, tomar riesgos, innovar. Los dejan porque saben que están muy bien formados. Los preparan mediante un sistema muy estricto y competitivo; es el opuesto absoluto de “naides es mejor que naides”.

¿Cómo logramos eso en nuestro país? La doctora Jana Rodríguez Hertz, profesora grado 5 de Matemáticas de la Universidad de la República, tiene una propuesta. Consiste en seleccionar un pequeño grupo de jóvenes y formarlos en los más avanzados centros de formación del mundo (puede ser Finlandia, pero no es la única opción). Una vez graduado, este grupo volvería a Uruguay y se encargaría de reinventar nuestra formación docente, de forma rigurosa y exigente.

El plan de Hertz implica algo a lo que no estamos acostumbrados en Uruguay: darle poder a gente realmente joven por encima de la “experiente”, darle poder a formación de élite por encima de la “antigüedad”. Fuerte.

El principal argumento que he escuchado contra esta propuesta es que no va a funcionar porque la realidad finlandesa es muy diferente a la nuestra.

Analicemos esa reacción. Asume que lo que se quiere es copiar un modelo, trasladarlo e imponerlo. En otras palabras, no confía en nuestros jóvenes. Porque un buen alumno no copia: aprende. No se queda en la fácil de aplicar recetas sino que piensa y adapta. Si enviamos gente a aprender formación docente al extranjero es para que vivencien un país que pone a los niños primero, que toma riesgos, que apuesta fuerte. De Finlandia hay mucho para aprender pero nada para copiar, salvo, quizá, su coraje.

No he escuchado ningún plan mejor que el de Hertz. ¿Por qué? Primero porque acepta que necesitamos un cambio radical y, segundo, que no va a suceder en un período de gobierno.

Aquí no habrá cambio educativo real sin que gente salga perjudicada. Saldrán perjudicados algunos docentes, algunos administrativos y algunos políticos. Cambio real implica pérdida de privilegios, implica dejar en evidencia a quien no hace las cosas bien. En Uruguay no nos gustan los cambios radicales. Pero tampoco nos gusta dejar sin futuro a nuestros niños. Habrá que ver cuál de las dos cosas nos gusta menos.

La propuesta de Hertz es bastante más profunda y detallada; yo apenas la resumí en un párrafo. Es ambiciosa. Implica riesgos. Es jugada. ¿Alguien tiene alguna mejor? ¿Sí? Entonces debatamos. ¿No? Entonces hagámosla, porque no hay tiempo que perder.

El mejor momento para inventar un mejor sistema educativo es hace 20 años. El segundo mejor momento es ahora.

 

Parte de la serie “5 propuestas educativas para el Siglo XXI” – ver propuesta #1, #2, #3y #4

(Publicado originalmente el 7.4.2015 en Diario El Observador)

 

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